Lo bueno y malo de La Guajira

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 Por Álvaro Fernández Fernández

 

La Wajiira, (en Wayuunaiki) es una península situada al norte de Colombia, cuna y hogar de los Wayúu, territorio que día a día se convierte más en esa estepa árida, cálida y seca que se extiende por buena parte de su territorio, conformado por 20.848 kilómetros cuadrados.

Es Un lugar de contrastes entre su gente, el mar, la arena, la sal, oasis verdes, el carbón, la corrupción, el contrabando, la miseria, el hambre, la sed y la muerte.

Un lugar donde la lluvia se convierte en fantasía y hace olvidar a sus habitantes por un momento la realidad, las penurias que vive el departamento y que hace más de un año no salen de la mente de los guajiros, por la inclemente sequía que disfraza con un manto la desnutrición y la corrupción con la que sus gobernantes operan.

Para llegar a este departamento, saliendo desde Bogotá, sólo se necesita una hora en avión, 17 en carro o 20 en bus; la capital es Riohacha, ciudad que mezcla la cultura Wayúu con la de los habitantes propios y foráneos de otras ciudades; donde las motos reinan en las vías; la patilla es la fruta predilecta; las mochilas, el regalo perfecto y el agua y la comida, la necesidad de todos los pobres, que allí y en todo el departamento son más del 70 % de los habitantes, de los cuales un 30 % vive en pobreza extrema, según cifras del Dane.

Más allá de todo esto, La Guajira es una poesía viva y su territorio se estremece entre el calor de la naturaleza semidesértica y la esperanza de una guajira fértil y próspera, pues no por casualidad está ubicada en el norte de Colombia como cabeza visible de frente (y no de espaldas) al mar y revestida de mística, colores, sentimientos, humanidad y diversidad.

Por lo tanto en tiempos de crisis, sequía o caos, no es solución la indiferencia pero tampoco el olvido de lo bueno; es lamentable e inaceptable la muerte de los niños y las niñas por desnutrición, los casos de corrupción o los asesinatos de mujeres que registran las estadísticas de nuestra tierra Guajira, pero es igualmente dañino no reconocer que pasan cosas buenas, cosas como conservar costumbres criollas de relacionarse como hermanos, primos, compadres, mompris y familia, aún sin tener parentesco (biológico), compartir un buen café a la sombra de un palo de mango, esmerarse por ser el mejor anfitrión o anfitriona cuando alguien llega a casa a visitar, tener la riqueza oral de nuestros mentores, ver a las indígenas wayuú tejer esperanzas coloridas y a los jóvenes buscar reinventar nuestra historia. Eso bueno y esperanzador también pasa en la Guajira que vemos enferma y/o desahuciada  en diferentes aspectos.

La Guajira está rodeada de cosas malas, es cierto, pero no nos olvidemos de lo bueno.